martes, 21 de octubre de 2008

Año con frentes de tormenta

A priori, habrá pocas inversiones para distraer fuera de las explotaciones. Sin duda, los ladrillos volverán a ser la opción favorita para los ahorros de los productores porque es la más cercana a su idiosincrasia y la que mayores seguridades les ofrece. Pero habrá que esperar primero que pase la tormenta.

Así estamos ahora, agarrados a la primera manija que se tenga cerca para aguantar los temblores que vienen desde Wall Street. Lamentablemente, del terremoto financiero mundial se sabe mucho sobre todo lo que es intrascendente y nada, absolutamente nada, sobre lo que realmente importa, como cuándo se termina la pesadilla.
Mientras tanto, toneladas de riqueza (ya no vale la pena ni medirla en billetes) se evaporan de la faz de la Tierra. En lo inmediato, la Argentina y su sector agroalimentario sufren una brutal caída en las cotizaciones de sus granos, casi el 50% en los últimos dos meses, y la virtual parálisis del comercio mundial en el resto de los productos agrícolas. Los teléfonos de los exportadores de carne y de lácteos dejaron de sonar.
Y por si hiciera falta aclararlo, el viento de cola que les hizo más dulce la vida a los argentinos está soplando ahora de frente. Se presenta entonces un escenario muy distinto del que acompañó al campo durante los últimos cinco años. Primera conclusión: el campo, el gran demandante de propiedades, se encuentra muy herido por el colapso financiero. Hay que mencionar también que el Gobierno ya lo había magullado bastante en los meses previos. Esta situación que sufre el sector agropecuario no puede ser indiferente para el resto de las actividades, la inmobiliaria incluida. Basta con recordar la reactivación que fue capaz de motorizar el campo en los años posteriores a la salida de la convertibilidad. Devaluación mediante, y después de mucho tiempo, apareció la renta en la mayoría de los establecimientos rurales. Con esa renta, principalmente obtenida gracias a la agricultura, en particular gracias al yuyo de la soja, el campo comenzó un círculo virtuoso, que parecía que nunca se iba a acabar. Los productores agropecuarios pagaron las deudas, sembraron más hectáreas, renovaron la maquinaria agrícola, vaciaron las concesionarias que ofrecían las ya famosas 4x4, arreglaron sus casas y compraron departamentos en las grandes ciudades. La renta se distribuyó por todo el país y mucha se terminó convirtiendo en ladrillos y metros cuadrados. En este sentido, quizá sea el boom inmobiliario que se produjo en la ciudad de Rosario la mejor descripción de lo ocurrido.
El país se puso de pie y como en la Biblia Lázaro comenzó a caminar y a andar. Todos, desde el empleado metalúrgico hasta el albañil, se beneficiaron con el efecto multiplicador y distributivo de la renta agropecuaria. Hasta que llegó marzo y el matrimonio K decidió dar un nuevo y definitivo manotazo a esa renta de efectos milagrosos con el proyecto de las retenciones móviles. El final de esa pulseada con el voto "no positivo" del vicepresidente Julio Cobos cambió el mapa político y estableció a fuego en la sociedad argentina la creencia de que "si al campo le va bien, al país le puede ir mejor".
El problema que enfrentamos es que al campo, tal como están las cosas, difícilmente le vaya bien durante esta campaña. Salvo rindes excepcionales, son mínimas las posibilidades de obtener renta. ¿Cómo lograrlo en una ecuación en la que se incrementaron los costos, como el precio de los herbicidas, los fertilizantes y las semillas, mientras el precio de los granos se desliza en un tobogán enjabonado? Y agreguemos a esta cuenta que la presión impositiva se mantiene como si acá nada hubiera pasado. El futuro es incierto y nadie sabe a ciencia cierta cómo caerá la taba cuando se coseche lo que ahora se está sembrando. Pocas veces en la historia de las campañas agrícolas hubo tanto nivel de incertidumbre. ¿Qué harán entonces los productores? Son mayoría los que piensan que se deberá actuar con máxima prudencia y mantener la liquidez a toda costa. En pocas palabras, el viejo refrán de "desensillar hasta que aclare".

A priori, habrá pocas inversiones para distraer fuera de las explotaciones. Sin duda, los ladrillos volverán a ser la opción favorita para los ahorros de los productores porque es la más cercana a su idiosincrasia y la que mayores seguridades les ofrece. Pero habrá que esperar primero que pase la tormenta.

Por Félix Sammartino
De la Redacción de LA NACION

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